¿Por qué tiene que importarnos el desperdicio de alimentos?

Cuando un cultivo o alimento preparado no se consume y termina por ser considerado “basura”, perdemos más que comida. Desperdiciamos los muchos recursos necesarios para el cultivo, la elaboración, el envasado, el transporte y la comercialización de alimentos.

De acuerdo con la FAO, ⅓ de la producción de alimentos en el mundo, termina por no ser consumida. 

¿Esto qué quiere decir? 

Significa que cada año, se desperdician los alimentos producidos en el 28% del total de tierras cultivables del mundo, que equivale a 7 veces la extensión territorial total de México. Significa que se desperdicia una cantidad de agua similar a casi 10 veces el caudal del río Usumacinta. Significan emisiones por casi 3,3 gigatoneladas de gases de efecto invernadero, que si fuera un país, sería el 3er con más emisiones en el mundo.

En el caso de México, la situación no es muy diferente, pues se calcula que se desperdician ¡más de 20 millones de toneladas de alimentos! (FAO, 2018), lo que en  términos económicos representa una pérdida de 400 mil millones de pesos. 

Para aumentar la conciencia sobre este problema, en la Agenda 2030, el ODS 12 Producción y consumo responsable, en su Meta 12.3 Reducir a la mitad el desperdicio de alimentos para el 2030, se refleja la necesidad de profundizar en las acciones que atienden esta problemática. Además, en 2019 y en el marco de la 74 Asamblea General de las Naciones Unidas, se declaró al 29 de septiembre como el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos. 

En su primer año de observancia, la problemática de la pérdida de alimentos debe además analizarse en el marco de la pandemia por COVID-19, que aumenta el riesgo de que miles de personas caigan en inseguridad alimentaria y se reviertan los avances en la materia de los últimos 10 años de avance, particularmente poblaciones rurales e indígenas, que ya están en una situación vulnerable de inseguridad alimentaria.

Un momento crítico es la post-cosecha. Desde la agricultura familiar, las personas campesinas no siempre cuentan con todas las capacidades para conservar sus cosechas del punto de recolección al de venta; en la agricultura de gran escala, también existen áreas de oportunidad para reducir el riesgo de pérdida. Además, la existencia de cadenas largas de intermediarios y las distancias que recorren los alimentos sin las condiciones adecuadas, contribuye a aumentar las pérdidas. 

¿En qué momentos ocurre esa pérdida de alimentos? 

Una vez que llega a puntos de procesamiento o venta, los productos deben cumplir con ciertas características de tamaño y/o peso, lo que abre una ventana adicional al desperdicio. Si se trata de productos que llegan directamente al punto de venta, entra en juego la estética de los alimentos, pues existe una tendencia a preferir productos perfectos, y los que visualmente no lo son (aunque ello no comprometa su inocuidad), se desechan por ser productos feos (ugly food). En el caso de productos que pasan por algún procesamiento, también existe un porcentaje de pérdidas alimentarias. 

Una vez que los productos llegan a los hogares, también están en riesgo de terminar en la basura, es también otro momento necesario de analizar, por las implicaciones que tiene en la economía familiar. Otro punto de fuga importante son los servicios de provisión de alimentos como restaurantes y hoteles, que también definen estándares estéticos que, al no ser cumplidos, desechan cantidades importantes de alimentos en buen estado. 

La cantidad de alimentos que hoy se desechan por razones que no tienen que ver con su vida útil, podría garantizar la seguridad alimentaria de las 690 millones de personas que enfrentan inseguridad alimentaria en el mundo (SOFI, 2020). Vale la pena, además, no pensar que la redistribución de esos alimentos solucionaría todo el problema. No debemos olvidarnos de cuestionar las dinámicas que nos han llevado a esa dinámica desigual que permite que se desperdicien miles de toneladas de alimentos, mientras que millones de personas vean violentado su derecho a la alimentación adecuada. 

¿Qué tenemos que hacer para reducir el desperdicio?

En el nivel productivo, se necesitan más y mejores capacidades para transportar y transformar productos en el punto de cosecha, contar con cadenas de frío que reduzcan la pérdida, por ejemplo; acortar la distancia entre los puntos de producción y los de consumo. Es necesario además reconocer las contribuciones de las mujeres en el proceso productivo, pues son quienes menos acceso tienen a capacitaciones, a créditos para mejorar capacidades productivas y, en ocasiones, ni siquiera a la tenencia de la tierra. Y estos temas son relevantes en el camino hacia la autosuficiencia de comunidades rurales e indígenas, quienes son las principales afectadas. 

En cuanto a las separaciones entre puntos de producción y de consumo, actualmente se tiende a alejar a las personas consumidoras finales de los puntos de producción. Por ello, es necesario cuestionar de dónde vienen los alimentos y, de ser posible, preferir alimentos locales; también, necesitamos fortalecer la perspectiva de un consumo social y ambientalmente responsable que no deseche alimentos aptos para consumo humano, porque estéticamente, no son perfectos. Y de manera amplia, cuestionar tanto la producción como el consumo mayoritariamente ejercido, insostenible económica y ambientalmente. 

Para combatir este problema se requier la promoción de prácticas para escalonar compras, almacenar los alimentos adecuadamente para aumentar su vida útil, pedir en restaurantes porciones más pequeñas, consumir productos de temporada, pagar precios justos. Y estas acciones suman desde ciudadanías activas, pero también tienen que estar acompañadas por cambios profundos en la manera como los sistemas alimentarios y productivos se coordinan.

Los esfuerzos individuales, sin políticas públicas que les acompañen e incentiven, pueden llegar a perderse y no generar las transformaciones que necesitamos. Reducir a la mitad el desperdicio de alimentos en el 2030 es fundamental, pero no suficiente. 

Necesitamos hacer un uso eficiente y respetuoso de nuestros recursos alimentarios, porque podría aumentar su disponibilidad, aliviar la pobreza y reducir la presión sobre los ecosistemas, el clima y el agua. 

Necesitamos cuestionar los modelos actuales de producción y consumo de alimentos, y hacerlo desde una perspectiva de derechos que elimine el desperdicio y prevalezca la garantía del derecho a la alimentación. Esto es fundamental para The Hunger Project México. 

La proyección de que en 2050 tendremos una población de 9,300 millones de personas, nos obliga a pensar en ello. Un futuro sostenible y autosuficiente así lo demanda.